En el pequeño pueblo montañoso de Pátzcuaro, algo mágico estaba tomando forma. Una orquesta sinfónica apenas naciente—con poco más de un año de existencia y compuesta en gran parte por niños y principiantes—se unía a un coro comunitario multicultural, también con muchos principiantes, para montar una de las grandes óperas barrocas: Dido y Eneas, de Henry Purcell.
Cuenta Santiago Rosales, actual mandón —quien porta el bastón de mando del pueblo— que él aprendió las coreografías de su padre Domingo a los trece años y que se dedicó después a enseñar a los niños más pequeños. Ahora su hijo continúa con la tradición, asegurando así que las generaciones venideras continúen danzando para San Juan, y asegurando también una relación de aprendizaje y comunicación entre adultos y menores, lo que no es poca cosa en estos tiempos.